Tres médicos en el Cementerio Civil

enero 16, 2019 0 Por admin

Los anaqueles de las bibliotecas personales de médicos y boticarios del siglo XIX abundaban en obras de Víctor Hugo, Darwin y Renan. La detección perspicaz del signo físico, el tajo preciso del bisturí, la mente lúcida `para comprender la pócima capaz de atenuar tal o cual otro síntoma, había convertido a muchos médicos y boticarios en librepensadores que abrazaron la buena nueva de las ideas positivistas y la evolución, lejos de improbables y arcaicos aforismos. No siempre su ideología fue exactamente coincidente. Valgan por ello aquí breves pinceladas de tres médicos, significativos todos ellos en nuestra Historia, pero por diferentes razones: un masón, como Luis Simarro Lacabra; uno de los fundadores del Partido Socialista Obrero Español, como Jaime Vera y, finalmente, la de Pío Baroja, furibundo anticlericalista y ateo confeso.

El lema vital de Luis Simarro Lacabra (1851-1921) fue “Libertad y Justicia”. De cultura portentosa –el legado de su biblioteca, hoy Fundación Simarro, representa un auténtico tesoro-, la vida de este médico de poliédricos intereses fue de lucha constante contra la intolerancia religiosa, el caciquismo y la pena de muerte. Se le considera fundador de la Psicología Experimental en España, la primera cátedra de esta materia que hubo en nuestro país. Un hecho transcendental fue proporcionar a Ramón y Cajal el método para teñir las células nerviosas mediante el cromato de plata que habría aprendido en Paris, un punto de partida fundamental en Neurobiología. Defensor radical de cementerios fuera del control de la Iglesia Católica y Gran Maestre de la Masonería Española, no es de extrañar que sus restos reposen en el Cementerio Civil de Madrid.

Es conocido que el Partido Socialista Obrero Español fue fundado por médicos y tipógrafos, Pablo Iglesias empleado en una imprenta de la calle del Limón y el salmantino Jaime Vera López (1859-1918), neuropsiquiatra del Hospital General de Madrid, entre otros (fig. 12). Su padre, amigo personal de Pi y Margall, le dio una educación basada en los principios krausistas. Al margen de su ideario político, Jaime Vera fue un médico dedicado y bondadoso; don Gregorio Marañón le recuerda cuando, ya muy anciano y casi ciego, seguían sus enfermos solicitando verle, siquiera fuera por escuchar sus palabras de consuelo y sus ponderados consejos [6]. La necrológica publicada por Blanco y Negro el 25 de agosto de 1818 se refiere a él como un intelectual, más estudioso que hombre de acción, capaz de mantener una conversación en latín y excelente clínico en el campo de las enfermedades nerviosas y mentales

Fig 12.Una lápida recuerda al doctor Jaime Vera en un colegio de la calle Bravo Murillo de Madrid (foto del autor).Aunque en distintos grabadoslo representan con “txapela”, eledoctor Vera era salmantino.

El 31 de octubre de 1956 la prensa da noticia del fallecimiento de don Pio Baroja, médico rural en algún momento de su vida. Ateo confeso y solterón de paseo solitario por las frondas del Ángel Caído, se relata cómo su féretro fue sacado a hombros por Camino José Cela y Ernerst Hemingway desde su piso de la calle Ruíz de Alarcón. Su deteriorada salud no superó una fractura del cuello del fémur. Una foto en la prensa del día siguiente muestra un reducido grupo de personas agrupadas junto a su tumba, pero se soslaya toda referencia al cementerio en el que transcurría la ceremonia. Se silencian también las presiones que su sobrino Julio Caro Baroja hubo de soportar, la única familia que, junto a su hermano Pío, le quedaba al novelista. Se pretendía soslayar con ello que se cumpliera la voluntad de don Pío, un tanto “comecuras” y cascarrabias, de ser enterrado en el Cementerio Civil, su última rebeldía. Debieron de transcurrir años Don Pió escribiendo en su modesta mesa de trabajo, con su inseparable boina,enfundado en grueso gabán

Advertirá el paciente lector que se ha omitido toda referencia a políticos allí enterrados. No es este el lugar. Pero hay una anécdota –tendría muchas que contar- que quiero reseñar. No era verdad, como escuché decir a mis padres como recuerdo remoto de mi niñez, que el Cementerio Civil de Madrid sólo se abriera cuando fallecía un extranjero. Sobre la tumba de Pablo Iglesias siempre hubo flores frescas. Nunca se ha sabido de quien era la mano ni el modo por el que entraba.