Mes: abril 2019

Artículo sobre el asesinato del Monte de Piedad

Hay determinados sucesos que mantienen a la población expectante durante algún período de tiempo, y caen después en el olvido, mas en estos tiempos en que la ingente cantidad de información que tenemos a nuestra disposición hace olvidar rápidamente casi cualquier suceso.

Ocurrió el viernes 2 de Julio de 1909 un crimen en las instalaciones de la Ilustre y benéfica Institución del Monte de Piedad de Madrid, motivado por una venganza que nunca llegó a saberse que fundamentos tenía.

Fue ejecutor el sacristán de la capilla del Monte de Piedad y victima el conserje y portero mayor de las oficinas de la misma institución.

Ocurrió poco después de las nueve y cuarto de la noche cuando llego al edificio del Monte de Piedad el conserje y portero mayor, Don Tomás Gómez Sanz, donde tenía su domicilio con entrada por la calle de San Martin, allí le salio al paso Don Juan José Navarro, entonces sacristán de la capilla del Monte de Piedad y portero de la casa número ocho de la calle de San Martín. En esta parte del edificio solo estaban las habitaciones que correspondían al entonces director del Monte de Piedad, Don José Álvarez Mariño.

Parece ser que Juan José Navarro pidió a Tomás Gómez que fuese con él a ver unas pinturas que se habían hecho recientemente por encargo del Monte, no desconfió Tomás Gómez y se encamino con Juan José Navarro a donde éste le indicaba.

Entraron al edificio por la puerta de la plaza de las Descalzas Reales, donde en el patio estaban los carteles realizados, las examinaron durante un rato, y cuando Tomás Gómez se iba a marchar a su casa, Juan José Navarro le dijo que le quería enseñar en los sótanos de la institución unas cosas que le sorprenderían.

El edificio del Monte de Piedad tiene en el subsuelo un dédalo de pasillos, donde están los depósitos de los objetos entregados en garantía de los préstamos. Estos pasillos subterráneos se hallan dispuestos de modo que sea fácil su vigilancia, y hasta tienen condiciones estratégicas de defensa para caso de invasión. La oscuridad de estos pasillos favorecía el intento de asesinato y el hallarse completamente desarmado el conserje favorecía la impunidad.

Ya en el sótano Juan José Navarro le dijo a Tomás Gómez, “te he traído aquí para que pagues tus culpas. Aquí mismo voy a darte cuatro tiros”, y uniendo la acción a las palabras le disparó a quemarropa varios tiros, que no fueron oídos.

Pasado algún tiempo dos empleados del Monte bajaron al sótano y tras oir llamadas de auxilio encontraron a Tomás Gómez gravemente herido, en medio de un gran charco de sangre, siendo trasladado por estos a la casa de socorro del Distrito Centro.

Los médicos de guardia reconocieron al herido y constataron que había recibido una herida por arma de fuego con orificios de entrada y de salida en el tercio inferior del antebrazo derecho, otra con orificio de entrada y de salida en el tercio superior del mismo brazo, tres heridas penetrantes de arma de fuego en el lado derecho del vientre, otra herida penetrante en el lado izquierdo del vientre, y una erosión leve en la mano derecha, siendo el estado del herido muy grave, no obstante y debido a las condiciones sanitarias de la época, una vez realizada la primera cura, fue conducido con todas las precauciones necesarias a su casa.

Avisado el Juzgado acudió al lugar del suceso el Juez de guardia, que aquél día era el de Universidad, Don Manuel Moreno, acompañado del escribano, Sr. Moreno Pastor, y del oficial Sr. Rubio, trasladándose inmediatamente a la casa de socorro donde todavía estaba el herido, y de quien se obtuvo declaración suficiente, entre balbuceos y sincopes, para formar idea de lo sucedido..

El autor de este crimen, Juan José Navarro, es viudo, y vive con un hijo suyo de trece años de edad, llamado Manuel, y con una mujer llamada Eloisa Viana Braojo desde hace diez años, era sacristán de la capilla del Monte de Piedad, y además portero y servidor de algunas de las dependencias del establecimiento.

En cuanto el comisario del distrito Centro tuvo noticias de lo sucedido envió al lugar al Inspector Don Honorio Inglés, a los agentes Alfredo S. Inestrillas, Telmo Almellones y Maximino Gómez, acompañados de guardias de seguridad.

El inspector Sr. Inglés preguntó a Manuel por su padre, respondiendo el interpelado que no estaba en casa, y que sería inútil que lo buscasen allí; no obstante los agentes procedieron a inspeccionar la vivienda, donde efectivamente no hallaron al buscado, procediendo a inspeccionar el edificio y llegados a un patio que tenía una puerta cerrada preguntaron quien tenía llave de la misma, manifestando Manuel que él no tenía llave de tal puerta ni sabía quien pudiera tenerla.

Los agentes forzaron la puerta y se aventuraron por una serie de callejones y penetraron por un pasillo en completa oscuridad, diciéndose en el periódico de que hago uso que los adelantos de la policía madrileña no habían llegado aún a que los que tienen la misión de perseguir a los criminales lleven consigo linternas eléctricas, que eso pertenecía a las fantasías novelescas de Conan Doyle.

El caso es que los agentes encendieron cerillas y con su parca luz se adentraron por el pasillo y procedieron a inspeccionar las habitaciones allí existentes hasta que encontraron una cuya puerta estaba cerrada, preguntado al niño sobre quien tenía llave de aquella puerta, éste con asombrosa tranquilidad dijo que él no tenía y que era inútil abrirla pues allí solo había algunas alfombras y esteras.

A orden del Inspector Sr. Inglés, los agentes intentaron derribar la puerta, y por una mirilla existente en el centro de la puerta salieron cinco fogonazos. Los agentes cogidos por sorpresa no pudieron hacer otra cosa que refugiarse para esperar acontecimientos, aun no tenían la certeza de ser una única persona la que estaba allí escondida, llegándose a pensar que pudiera tratarse de una banda que intentaba robar los opulentos depósitos de joyas y dinero del Monte de Piedad.

Afortunadamente los agentes no fueron alcanzados, sufriendo leves contusiones mientras se retiraban. Tras unos momentos de confusión y creyendo que el agresor había acabado sus municiones el inspector Sr. Inglés volvió a acercarse a la puerta, y volvieron a salir nuevos proyectiles. Cuando los agentes iban a derribar la puerta el encerrado dijo con fuerte y clara voz: “no os acerquéis, porque seguiré tirando. Tengo una caja de proyectiles. La emplearé toda, y cuando solo quede un cartucho será para mí”. Los agentes se acercaron a la puerta, y nuevamente les recibieron disparos, sin que se explique como ninguno resultó herido en un estrecho pasillo.

Tras un cuarto de hora de calma, el criminal llamo a los que le cercaban y les dijo “venid, que ya me entrego”, tomando las oportunas precauciones, los guardias Fernando Pereira y Bernardo Bascuñana, se acercaron y de nuevo el encerrado hizo dos disparos, que por fortuna tampoco causaron daño. Los guardias provistos de sus armas realizaron asimismo dos disparos por la mirilla, sin que se advirtiera que habían hecho blanco.

Volvió a asomarse a la mirilla tiempo después Juan José Navarro y pidió que se acercase un guardia porque tenía que darle un encargo, así lo hizo el guardia Don Fernando Pereira al que el criminal le dijo, “toma estos dos duros y dáselos a mi compañero Bernardo para que mande que me digan dos misas, porque voy a suicidarme”, el guardia pensando que tras esa solicitud no había trampa alguna se acerco y vio como caían por la mirilla dos monedas de cinco pesetas, se acercó a recogerlas, y de nuevo el criminal realizo tres disparos que no causaron daño alguno, el guardia realizó otros tres disparos con su revolver a través de la mirilla; se tomaron precauciones para que nadie se acercara a la puerta, esperando ver como sería el desenlace de aquello.

Tiempo después se oyeron dos disparos en el habitáculo donde estaba encerrado el criminal, por lo que se pensó que se había suicidado, pero apenas comenzó a tomarse en cuenta esta posibilidad se vio que dentro de la habitación se encendía una luz y que la mirilla se abría y cerraba; durante media hora se vio la luz, que luego fue apagada.

La policía intento colocar delante al hijo del criminal, previo aviso al padre, para violentar la puerta, el hijo se negó; la amante dijo que ella convencería al criminal para que se entregase, pero se vio que era inútil y que lo único que podía pasar es que hubiese mas derramamiento de sangre, al final se decidió esperar.

Se supo que el cuarto donde estaba encerrado el criminal era el destinado a guardar las armas y municiones de los vigilantes nocturnos del Monte de Piedad, por lo que tenía a su disposición armas y munición considerables.

También un hermano, llamado Daniel, y un amigo, llamado Linares, del encerrado intentaron convencerle, sin éxito; algunos empleados del Monte se ofrecieron a bajar e intentar convencerle de que desistiese de su actitud, lo que no fue autorizado, se desplazo hasta allí el Director del Monte, así como los señores Millán Astray y Martínez Campos, también sin éxito.

A eso de las cinco de la mañana, y ante la falta de contestación del encerrado se procedió a derribar con picos la puerta, donde con todas las precauciones posibles entraron el amigo del encerrado, Sr. Linares y agentes de policía, a la luz del farol se divisó, acurrucado junto a un depósito de agua, a un hombre, que era Juan José Navarro, a quien se supuso dormido pues estaba arrebujado en una manta y tenía la cabeza inclinada sobre el pecho. Un guardia se abalanzó sobre él y le sujeto, temiendo una agresión, pero la frialdad del cuerpo y la inmovilidad del mismo le convencieron que era un cadáver.

Se había disparado un tiro en el corazón, con orificio de salida por la espalda, todavía conservaba el revolver en la mano, fue sacado al patio donde se esperó la llegada del juez de guardia.

El agredido murió, se le hizo la autopsia y fue enterrado el 4 de Julio en la Sacramental de San Lorenzo.…

Por admin abril 3, 2019 0